jueves, febrero 11

Para amores enfermos...

Les dejo un cuento hecho por su servilleta. 

TRINIDAD

Si quieres ser un hombre, tienes que enterrar tu primer juguete y el retrato de tu madre.

Había vivido en un espacio donde cada centímetro se encontraba limpísimo y romo, no fuera que el bebé, como lo llamaba su madre hasta sus actuales veintinueve, se hiciera una cortadita.

Rosa le amarró las agujetas hasta los ocho años, a los quince todavía le preparaba el baño y a los veinte le cortaba los bisteces en cuadritos pequeños.

Con señas que sólo Rosa podía entender, todos los días, desde la cama, Rodrigo le indicaba qué quería desayunar.

Cuando entró a trabajar, Rosa se ocupó de prepararle el lunch de la misma forma que lo había hecho desde que empezó la primaria. Todos los días le arreglaba el nudo de la corbata, como antes lo había hecho con los cuellos blancos de las camisas escolares.

Después de ver
El topo, Rodrigo descartó la película de inmediato. Nunca enterraría el retrato de su madre ni a su koala de peluche.

Un mal día a Rosa la sorprendió un infarto cerebral. Se quedó en los brazos de Rodrigo quien, con una voz más queda y grave de lo habitual, sólo atinaba a decir mamá, mientras sostenía aquel cuerpo exangüe entre sus brazos.

Durante el funeral, sólo unas lágrimas adornaban su ya de por sí inexpresivo rostro. ¿Por qué tenía que enterrar ya no el retrato, sino el cuerpo de su madre?

Una noche soñó que Rosa entraba en su cuarto y le daba el beso de las buenas noches. Se despertó pensando qué le pediría para desayunar. Instantes después la recordó muerta y desde ese día comenzó un llanto incesante.

Una tarde el llanto paró. Sobre la mesa, junto al retrato de Rosa, colocó un frasco en el que flotaba una mano. Su madre de vuelta. El koala de peluche lo observó sonriente.

1 comentario:

Miguel Lupián dijo...

Te quedó muy bien, felicidades