
El viernes pasado, me dispuse nuevamente a echarme uno de mis clavados en la cineteca.
Primero vi Tideland... por qué la ví? Ah sí, porque era supuestamente una fábula bizarra de Alia en el país de las maravillas. Pero no me gustó, no capté nada ni sorprendente ni bueno. Es del tipo rara-mala. No viajezote alucinante, no rareza misteriosa, nada. Ya para qué me extiendo... no la recomiendo, entre otras cosas porque no pasó la prueba del sueño.
Después la tarde se regeneró cuando ví el documental Joy Division, que se había presentado a principios de año en la gira de ambulante.
El caso es que me gustó bastante. Tal vez no sea visualmente tan atractiva como lo es Control de Anton Corbijn, pero es una revisión muy bien hecha del ascenso y caída de un hombre que dejó huella en la historia de la música.
Un dato interesante: Sumergidos los integrantes en sus pozos personales, el resto de los integrantes de la banda, a pesar de ponerle música a las letras escritas por Ian Curtis, no notaban el infierno por el que éste pasaba y menos aún pudieron ver la inminencia de la muerte.
Comunicación entrecortada, indiferencia, desinterés... Trágico final, pero si todas las travesías por el infierno trajeran consigo creaciones como las de Ian Curtis y tantos más que la han sabido utilizar como motor, la tragedia sería tanto más solicitada.
Muy recomendable.

