
Estaba leyendo este post y me acordé de aquellos domingos en que me dedicaba a arreglarme inside/outside. Sin importar si tenía o no compañía, esos días solían estar reservados.
Al despertarme no me salía de inmediato de la cama, sino que me quedaba disfrutando de una rica modorra, luego prendía la TV. Después me levantaba con toda la calma posible, me preparaba un café y salía por el periódico (era el único día que revisaba la versión impresa).
Cuando vivía con mi hermana, a veces me convencía de echar la hueva gran parte de día viendo series cómicas y a veces yo la convencía de salir a dar el tour a los museos y luego a la cineteca. Cuando mi hermana no estaba, me metía un buen rato en la biblioteca México o la Central, buscando que el azar me hablara mediante el libro que escogiera. Regresaba a mi casa y me quedaba con ella, mientras nos reíamos de todos los detalles del día.
Cuando empecé a vivir sola ya no tenía caso ver las series cómicas sin tener a alguien al lado a quien darle un codazo por algún gag, así que me levantaba a correr y luego me largaba a caminar por la cuidad, seguido de mis dosis de cine.
Tiempo después ya tenía todos los días de la semana ocupados, altamente revueltos, con mil asuntos pendientes por resolver y sin un solo día libre, derecho a la chingada.
Leer estos zenhabits fue una muy afortunada coincidencia con lo que ando buscando. Lavar la ropa el mismo día que los pensamientos me parece muuuy buena opción. Creo que voy a dejar las aceleraciones de absolutamente todos los domingos para darme un respiro al menos cada 15 días. Sería buena idea que los domingos no me diera cuerda (como ocurre en el libro Tokio blues de Haruki Murakami). Turn off my mind.
Es necesario tener de vuelta esos días solitarios.
Ya lo estoy disfrutando.

